Leibniz ha pasado a la historia como incansable defensor de una lengua o «característica» universal, inspirada en el álgebra simbólica. Para muchos de nuestros contemporáneos, esto lo convierte en un genial precursor del ordenador e incluso de la inteligencia artificial. La realidad es mucho más sutil…
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) se apasionó durante toda su vida por el proyecto «de una lengua […] universal, capaz de poner en buen orden todas las nociones y materias y de ayudar a las naciones extranjeras a intercambiar sus sentimientos». Muchos textos relativos a estas cuestiones han sido traducidos ya al francés, por lo que cualquiera puede consultarlos, especialmente en el volumen editado por Jean-Baptiste Rauzy en PUF con el título Recherches générales sur l’analyse des notions et des vérités.

Leibniz no pierde ocasión de presentar su gran programa insistiendo en que tendría la ventaja, frente a los numerosos ensayos de lingua universalis de la época, de ser operativo. Reuniría así, siguiendo el modelo del álgebra, todas las ventajas de un « arte de inventar y juzgar ». Desde muy joven, cuando aún no tiene 20 años y redacta una tesis sobre el arte combinatorio (De arte combinatoria, 1666), le gusta soñar con « un análisis de los pensamientos humanos mediante una especie de alfabeto de las nociones primitivas » y con una « escritura universal » (scriptura universalis) en la que después se pudieran plasmar esas nociones. Se referirá a ello a menudo como un momento de inspiración inaugural : « En cuanto a mí, cuando todavía era un niño, solo estudiaba los preceptos de la lógica común y no tenía conocimiento alguno de la mathesis, se me ocurrió, por no sé qué impulso, que podía inventarse un análisis de las nociones del que, mediante cierta combinación, pudieran surgir verdades que podrían evaluarse como mediante números ».

Se trata del conocido sueño de una «característica» (es decir, una escritura simbólica) universal y, con él, de una lengua formal en la que no habría más que plasmar todos nuestros pensamientos y exclamar ¡Calculemus! o «¡contons!» (según la ortografía de la época). Leibniz escribe lo siguiente, en francés: «De ahí se sigue manifiestamente que, si pudieran encontrarse caracteres o signos adecuados para expresar todos nuestros pensamientos tan clara y exactamente como la aritmética expresa los números, o como el análisis geométrico expresa las líneas, se podría hacer en todas las materias sujetas al razonamiento todo lo que puede hacerse en aritmética y geometría. (…) Además, todo el mundo coincidiría en lo que se hubiera encontrado o concluido, pues sería fácil verificar el cálculo (…). Y si alguien dudara de lo que yo hubiera afirmado, le diría: contemos, señor; y así, tomando pluma y tinta, saldríamos pronto del apuro» (La vraie Méthode, 1677 — La ortografía se ha modernizado).
Son pasajes que se recuerdan sin cesar, junto con otros de tono semejante, para presentar a Leibniz unas veces como precursor de la lógica simbólica moderna, e incluso del logicismo —la idea de que todas las matemáticas se fundan en la lógica—, otras como precursor de los ordenadores y, ahora, de la inteligencia artificial.