El imperio de Nabucodonosor II era triunfante a comienzos del 6.º siglo antes de nuestra era. Cuando el pueblo judío fue deportado allí en −597, Babilonia bullía de comerciantes llegados de los confines de Oriente Próximo. La torre de Babel —nombre arameo de Babilonia— se alzaba en el centro de la capital del reino. Fue en este lugar, donde se encontraban personas de lenguas muy distintas, donde nació el mito de la lengua universal. La incomprensión mutua —cuando dos personas se comunican cada una en su propia lengua, que la otra no entiende— se consideraba en la Biblia un castigo de Dios; sin duda suponía un problema en los intercambios comerciales.
Hoy en día, cada vez más personas entran en contacto con culturas extranjeras, ya sea por trabajo, ocio o turismo. Desde luego, el papel predominante del inglés lo convierte en la principal lengua vehicular entre los distintos pueblos, pero resulta claramente insuficiente. Tanto en el ámbito institucional como en el turístico o comercial, la traducción entre numerosas lenguas se ha vuelto necesaria, cuando no indispensable. Ahora bien, solo para las veinticuatro lenguas oficiales de la Unión Europea se necesitan 24 × 23 = 452 traductores distintos —la mitad si pueden traducir en ambos sentidos—. Automatizar el proceso podría ser, por tanto, de enorme utilidad…
Warren Weaver, un precursor
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