Si el reconocimiento de las mujeres dedicadas a las matemáticas nunca ha sido algo evidente, al menos trabajaban con su propio nombre. Y, cuando no era así, utilizaban un seudónimo para no asociar su apellido nobiliario a actividades que pudieran perjudicar su posición. Así pues, el uso de un seudónimo masculino fue muy raro antes de la Revolución (
véase el artículo «El reconocimiento de las sabias de la Ilustración»).
En cambio, después de la Revolución las cosas se complicaron para las mujeres: la escasa libertad de la que disfrutaban algunas de ellas —procedentes de la nobleza o de la alta burguesía— quedó reducida casi a nada. Olympe de Gouges fue una de las muchas que lo denunciaron: «¡Oh, mujeres! Mujeres, ¿cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más acusado, un desdén más manifiesto. Vuestro imperio ha sido destruido; ¿qué os queda, pues? La conciencia de las injusticias del hombre.»
En efecto, la burguesía que tomó las riendas tras la Revolución erigió un nuevo principio: puesto que, bajo el Antiguo Régimen, los nobles no tenían derecho a trabajar —si trabajaban en algo distinto de la tierra, perdían su título nobiliario—, y puesto que la burguesía se había forjado en el trabajo, serían las mujeres de los burgueses quienes no trabajarían. Si la esposa de un burgués trabaja, significa que su marido no es capaz de mantener económicamente —o moralmente— a su familia: sería la peor degradación posible para el burgués.
Convertirse en hombres
Por primera vez, muchas mujeres se vieron obligadas a adoptar seudónimos masculinos para firmar sus obras. Fue el caso de Amantine Aurore Lucile Dupin de Francueil, baronesa Dudevant, conocida por su seudónimo literario de George Sand; de su amiga Marie d’Agoult, que firmó sus obras con el nombre de Daniel Stern; o también de Delphine de Girardin, que utilizaba el seudónimo de Charles de Launay. Si para estas tres mujeres, nacidas entre 1804 y 1805 y que comenzaron su carrera a comienzos de la década de 1830, solo se hubiera tratado de no usar su verdadero nombre para no mezclar la vida privada y la pública, podrían haber escogido seudónimos femeninos. El uso de un nombre masculino pretendía dar credibilidad a sus artículos, sus novelas y sus obras de teatro.