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En el 1.º siglo antes de nuestra era, Julio César utiliza este verbo con el sentido de «abordar» (naves enemigas, claro está), y el historiador de la antigua Roma Tito Livio lo emplea para relatar el cruce de los Alpes por Aníbal con sus elefantes.
En la filosofía medieval, se utiliza el participio presente de este verbo para designar aquello que rebasa el orden natural; se trata ante todo de especulaciones teológicas o del propio Dios.
Para Immanuel Kant (1724‒1804), es «trascendente» aquello que está más allá de toda experiencia posible y supera todo conocimiento. En este sentido, el adjetivo se opone a «inmanente».