Conocidas desde la Antigüedad (véase el artículo «Un pequeño detalle menos»), las elipses irrumpieron con fuerza en las ciencias físicas en el 17.º siglo, cuando Kepler enunció sus famosas leyes sobre el movimiento de los planetas, y más concretamente la primera: los planetas describen elipses en uno de cuyos focos se encuentra el Sol. Al renunciar así al círculo, trayectoria atribuida tradicionalmente a los planetas hasta entonces, Kepler permitió al modelo heliocéntrico superar sus imprecisiones. Desde entonces, los planetas giran alrededor del Sol y ya no alrededor de la Tierra.
Newton incomprensible -----------------------
La intuición de Kepler resultó ser acertada, pero no dejaba de ser una intuición. Para dar una explicación teórica a la inesperada presencia de las elipses en el sistema solar, hubo que esperar a Newton. En su obra fundacional de la teoría de la gravitación universal, los Principios matemáticos de filosofía natural, se encuentra la primera demostración de las leyes de Kepler.
Unos siglos más tarde, mientras prepara un curso, el físico Richard Feynman decide hojear la obra de Newton para ver cómo su ilustre predecesor demostraba la primera ley de Kepler. Allí le aguarda una sorpresa: quien al año siguiente recibiría el Premio Nobel de Física por sus trabajos sobre electrodinámica cuántica descubre que no entiende ni una palabra de la demostración que Newton propone para una ley que, sin embargo, pertenece a la mecánica elemental. El vocabulario no es el mismo, tampoco lo es la manera de demostrar; las propias nociones no coinciden con las de la física del 20.º siglo ‒ Newton no conocía los vectores, por ejemplo.