Los vínculos entre la estructura de las matemáticas y la de nuestros cerebros parecen confirmarse a medida que avanzan las investigaciones realizadas por distintos equipos de todo el mundo. En este ámbito, Francia puede presumir de contar con uno de los laboratorios mejor equipados: NeuroSpin, un centro de neuroimagen cerebral por resonancia magnética nuclear de alto campo (Comisariado de Energía Atómica y Energías Alternativas y Universidad Paris-Saclay).
¡Todos tenemos un cerebro matemático! -----------------------------------
En NeuroSpin, los resultados no se hicieron esperar: Stanislas Dehaene (nacido en 1965) y Marie Amalric (nacida en 1975) establecieron recientemente que existe una separación completa en nuestros cerebros entre el procesamiento cerebral de las observaciones matemáticas y el de las actividades no matemáticas (véase nuestro dossier «La abstracción en matemáticas» en Tangente 207, 2022). Lo sorprendente, según estos investigadores, es constatar que «las actividades adquiridas, llamadas culturales, recurren todas a circuitos cerebrales extremadamente reproducibles. Siempre los mismos, de una persona a otra. Lo que permite adaptarse a todo tipo de enseñanzas no es en absoluto una flexibilidad cerebral muy grande, una inmensa plasticidad cerebral, sino, al contrario, algo extremadamente canalizado: ventanas de plasticidad en circuitos que, por lo demás, están bien organizados». Así pues, todos tendríamos un cerebro matemático casi idéntico. Y este preexistiría.
Pero ¿qué llamamos plasticidad cerebral y cómo evoluciona con la edad? Según la bióloga Daphné Bavelier (nacida en 1966), es «la capacidad del cerebro para reorganizarse cuando aprendemos nuevas tareas o durante nuestro desarrollo en la infancia. Son todos los mecanismos que permiten establecer nuevas redes de neuronas, que cambian en función del entorno o de la educación». También según la especialista en neurociencias cognitivas, «en los niños pequeños hay una gran maleabilidad de las redes neuronales: las sinapsis pueden desarrollarse muy deprisa, conectarse; no hay ninguna barrera. A medida que avanza el desarrollo, las neuronas quedan rodeadas de una matriz de soporte y, después, de mielina, estructuras que suponen otros tantos frenos a la plasticidad. Las redes neuronales del niño son muy maleables, pero, con el tiempo, se frena su capacidad de reorganización». Según el profesor Dehaene, la pubertad también desempeñaría un papel particular en el cierre de la plasticidad cerebral, y los niños bilingües tendrían mejores capacidades de control que los demás.
La capacidad de aprender y, por tanto, de desarrollar nuevas redes neuronales disminuiría estructuralmente con la edad, algo que no sorprenderá a nadie. Cada uno de nosotros puede comprobarlo (por desgracia) con el paso del tiempo… ¡Pero existen medios para luchar contra lo inevitable! Así, también según Dehaene, «exponer a un niño a un entorno enriquecido prolongará el periodo de plasticidad. Por el contrario, un entorno de miedo cierra la plasticidad. […] Crear una escuela del miedo (como los orfanatos de Rumanía) supone arriesgarse a cerrar la plasticidad en niños que tendrán muchas más dificultades para aprender». Otra observación, según Daphné Bavelier, es que los videojuegos —y sobre todo los más violentos— tendrían un efecto… positivo en el mantenimiento de la plasticidad. Elizabeth Spelke (nacida en 1949), investigadora del departamento de psicología de Harvard, también observó la importancia de los juegos, y principalmente de los juegos matemáticos, en una amplia serie de experimentos con niños pequeños.