Y, sin embargo, los objetos presentes en el universo, ya sean inertes o vivos, están sometidos a las leyes de la física. Cuando están vivos, también sufren la presión de las leyes de la evolución. Y, por mucho que les pese a los místicos, estos dos factores bastan para explicar configuraciones que utilizan, «a grandes rasgos», proporciones «más o menos cercanas» a φ. Desde hace algunas décadas se llevan a cabo estudios pluridisciplinares que integran matemáticas, física y biología. Muestran que, lejos de buscar perfección alguna en sus proporciones, el mundo de los seres vivos se limita a seguir o padecer un conjunto de leyes (véase, por ejemplo, La Physique des spirales végétales, de Stéphane Douady e Yves Coudert, La Recherche 250, enero de 1993). Es el ser humano quien le atribuye una cierta idea de perfección, que no tarda en identificar con las matemáticas. No olvidemos que estas no se encuentran en la naturaleza, sino en nuestro cerebro. Constituyen la genial herramienta que hemos construido para comprender y gestionar mejor nuestro entorno.