Nacida en Moscú, Sofia Kovalevskaïa (1850-1891) fue la primera mujer en obtener un doctorado en matemáticas por una universidad alemana. Se la asocia especialmente con el teorema de Cauchy-Kowalevski y la ecuación de la peonza. Sin embargo, al principio le interesaba mucho más la poesía, como escribe en sus Recuerdos de infancia:
«El ritmo del verso siempre ha ejercido sobre mí un encanto tan poderoso que, desde los cinco años, componía versos. Mi institutriz no aprobaba en absoluto esta clase de ocupación: se había formado una idea, claramente definida en su mente, de lo que era una niña sana, educada en condiciones normales y destinada con el tiempo a convertirse en una señorita ejemplar; los versos rusos no encajaban en modo alguno con ese ideal. Por ello persiguió con ahínco mis inclinaciones poéticas: si, por desgracia, caía bajo sus ojos un trozo de papel emborronado con mis rimas, me lo sujetaba enseguida a la espalda y luego recitaba mis pobres ensayos literarios ante mi hermano y mi hermana, deformándolos o mutilándolos a placer.
Esta persecución no surtió efecto. A los doce años, tenía la íntima convicción de haber nacido poeta. Como el temor a mi institutriz me impedía escribir mis versos, los conservaba en la memoria, a la manera de los antiguos bardos, y solo se los confiaba a mi pelota. Mientras corría por la gran sala y la lanzaba delante de mí, a veces le declamaba dos de mis obras preferidas, de las que estoy muy orgullosa […].
Pero la musa es caprichosa y la inspiración no siempre llega a la hora en que se me ordena jugar a la pelota; y, si la musa no responde a mi llamada, mi situación se vuelve peligrosa, pues estoy rodeada de tentaciones por todas partes. Junto a la sala está la biblioteca y allí, sobre todos los divanes y todas las mesas, yacen atractivos libritos de novelas extranjeras o números de revistas rusas. Tengo terminantemente prohibido tocarlos, pues mi institutriz es muy severa con mis lecturas. […]
Lucho conmigo misma durante unos minutos. Me acerco a un libro y me conformo con abrirlo…; lo hojeo, leo algunas frases; y enseguida reanudo mi carrera con la pelota, como si no hubiera pasado nada… Pero, poco a poco, la lectura me atrae: como mis primeros intentos se han visto coronados por el éxito, acabo olvidando el peligro y devoro una página tras otra. […] Sin embargo, de vez en cuando tomo la precaución de lanzar mi pelota para que mi institutriz, si volviera a entrar, me oyera jugar conforme a sus órdenes.