Cuando empieza a redactar sus Principios de las matemáticas, casi cincuenta años antes, la literatura le parece un terreno muy ajeno. Encorsetado por la lógica, muestra, por ejemplo, poco aprecio por el filósofo Henri Bergson, también galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1927 por La evolución creadora, obra que, para Russell, no presenta «de principio a fin, ni un solo razonamiento» y que, por tanto, es más estética que lógica.
Si Descartes se dedicaba a las matemáticas para distraerse del aburrimiento, la pasión de Russell por las matemáticas era un consuelo, una vía de escape ante la desesperación (véase el artículo «Un siglo de vida apasionada»). Pero, joven estudiante en Cambridge, decide «no adoptar profesión alguna y consagrar [s]u vida a escribir», sin por ello dejarse llevar por la imaginación ni renunciar al razonamiento. Esta elección vital le permitirá no traicionar su empeño de juventud: la búsqueda de la verdad. Por eso, su compatriota Thomas Stearns Eliot, galardonado con el Nobel de Literatura en 1948, considerará que este premio es «un homenaje merecido, aunque tardío, rendido al autor de La filosofía de Leibniz, de los Principia y de las demás obras de las que me nutrí hace treinta y cinco años», y apreciará su estilo preciso y directo, a menudo salpicado de toques de ironía.
Este Premio Nobel, concedido a personas «que hayan aportado el mayor beneficio a la humanidad», parece plenamente justificado en el caso de esta curiosa figura de hombre de letras, filósofo, matemático y lógico, que, sin embargo, durante mucho tiempo fue poco conocida por su carácter inclasificable.