Si Descartes se dedicaba a las matemáticas para distraerse del aburrimiento, la pasión de Russell por las matemáticas era un consuelo, una vía de escape ante la desesperación (véase el artículo
«Un siglo de vida apasionada»). Pero, joven estudiante en Cambridge, decide
«no adoptar profesión alguna y consagrar [s]u vida a escribir», sin por ello dejarse llevar por la imaginación ni renunciar al razonamiento. Esta elección vital le permitirá no traicionar su empeño de juventud: la búsqueda de la verdad. Por eso, su compatriota Thomas Stearns Eliot, galardonado con el Nobel de Literatura en 1948, considerará que este premio es
«un homenaje merecido, aunque tardío, rendido al autor de La filosofía de Leibniz
, de los Principia
y de las demás obras de las que me nutrí hace treinta y cinco años», y apreciará su estilo preciso y directo, a menudo salpicado de toques de ironía.