Fue en 1776 cuando el economista y filósofo escocés Adam Smith publicó An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations («Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones»), cuyo título, algo largo, suele abreviarse como La riqueza de las naciones. Según algunos economistas, se trataría de la obra fundacional del liberalismo económico, que aún sustenta muchos sistemas. En ella, el autor desarrolla sus ideas sobre los mercados y la moneda e insiste en las ventajas de la división del trabajo. Según Smith, el principio de libertad natural (sic.), que aúna la libre competencia y la libertad de intercambio, conduciría necesariamente a un sistema que garantizase el interés general, pues asegura «conservar o aumentar la cantidad de cualquier otra mercancía útil que la libertad de comercio nunca deja de proporcionar en cantidad adecuada, sin necesidad de la menor atención por parte del gobierno». En lo que respecta a la distribución del trabajo, Smith desarrolla la metáfora de la fábrica de alfileres. Así, «diez obreros podían fabricar entre todos más de cuarenta y ocho mil alfileres en una jornada; por tanto, puede considerarse que cada obrero, al realizar una décima parte de este producto, fabrica en su jornada cuatro mil ochocientos alfileres. Pero si todos hubieran trabajado por separado e independientemente unos de otros, y si no se hubieran especializado en esta tarea concreta, sin duda ninguno habría fabricado veinte alfileres».
Parece que está todo dicho, pues los argumentos expuestos son sólidos.
Pero Bertrand Russell no comparte esa opinión.
Un elogio de la ociosidad ----------------------
En un breve texto publicado en 1932 en la Review of Reviews, Russell desarrolla su Elogio de la ociosidad. El filósofo y matemático empieza por cuestionar la virtud asociada al trabajo por quienes, por lo general, no desempeñan el mismo tipo de tareas. Distingue, en efecto, «dos tipos de trabajo: el primero consiste en desplazar cierta cantidad de materia situada en la superficie de la Tierra […]; el segundo, en decirle a otra persona que lo haga. El primer tipo de trabajo es desagradable y está mal pagado; el segundo es agradable y está muy bien pagado, y puede extenderse ilimitadamente: están quienes dan órdenes y también quienes aconsejan sobre qué órdenes dar». Así que todos a trabajar. ¿No habrá ociosos? ¡Claro que sí! Pero solo existen gracias a la actividad de los demás: son los rentistas y los grandes propietarios. Su cómoda ociosidad es consecuencia del dogma del trabajo y, al mismo tiempo, su origen histórico.