Fundado en 923 sobre (y en) la roca, el monasterio de San Martín de Albelda, en el norte de la actual España, se convirtió rápidamente en un centro cultural y científico. Entre 974 y 976 se redactó allí, en latín, el Codex Vigilanus, llamado así por su principal autor, Vigila. En él figura, entre otras cosas, lo siguiente: «Hay que saber que los indios poseen un ingenio muy sutil y que todos los pueblos les son inferiores en aritmética, geometría y el conjunto de las disciplinas liberales; y ello queda patente en las nueve figuras con las que designan cada uno de los números, por grande que sea, cuya forma es la siguiente: 9 8 7 6 5 4 3 2 1.» Así pues, en la primera importación de las cifras indias al Occidente latino, ¡el cero quedó olvidado!
De Gerberto a Bernelino
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El joven Gerberto de Aurillac (hacia 945-1003) frecuentó el monasterio de Ripoll hacia 967-970. Probablemente conoció allí las cifras indias, en contacto con una persona que cabe imaginar que también fue la fuente del Codex Vigilanus. Más adelante, uno de sus alumnos de Reims nos cuenta que había fabricado una tabla de cálculo —un ábaco— formada por 27 columnas verticales marcadas con nueve símbolos nuevos. Aunque este ábaco ha desaparecido, cabe suponer razonablemente que se trataba de las nueve cifras indias. Nueve y no diez, lo que demuestra una vez más que Gerberto tampoco había importado el cero.
Después, Bernelino de París, discípulo de Gerberto, redactó un tratado en el que presenta las cifras indias de manera muy pedagógica, pues explica al lector el nombre latino de cada número (unitas, binarius, etc.), así como su equivalente en el sistema de numeración griego (alpha, beta, etc.). En este manuscrito, el más antiguo conservado en Francia en el que aparecen las cifras indias, ¡sigue sin haber cero!