Nadie lo discutirá: un buen gráfico puede servir muy a menudo de valioso apoyo para demostrar un teorema o una propiedad. Hay incluso casos en los que la figura o las figuras en cuestión contienen en realidad cierta forma de demostración de la propiedad.
El ejemplo más conocido de este tipo de situación es el del teorema de Pitágoras, para el que la doble representación gráfica de al lado contiene efectivamente lo que puede considerarse una demostración del resultado. Un gráfico bien construido también puede conducir, sin más consideraciones, a la fórmula del seno y del coseno de sumas de ángulos.
Pero ¿hasta qué punto podemos confiar en una representación gráfica? ¿En qué medida puede nuestro ojo dejarse engañar —o no— por una apariencia que podría resultar engañosa?
El cuadrado que falta
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