En 1909, la Universidad Libre de Bruselas celebra su 75º. aniversario. Se organizan grandes festejos en Bélgica; los científicos más destacados presentan allí sus trabajos. Un nombre destaca por un planteamiento original. Poincaré abre su intervención con una advertencia: «No podía, como hacen otros, hablarles de mis estudios cotidianos: son un poco, ¿cómo diría?, esotéricos, y muchos oyentes prefieren venerarlos de lejos que de cerca.» Pero entonces, ¿de qué pensaba hablar el gran matemático a su auditorio? ¡De libertad! Pues «la libertad es para la ciencia lo que el aire para el animal; privada de libertad, muere asfixiada como un ave privada de oxígeno. Y esta libertad debe ser ilimitada, porque, si se quisiera imponerle límites, solo se tendría una ciencia a medias, y una ciencia a medias ya no es ciencia […]. El pensamiento jamás debe someterse ni a un dogma, ni a un partido, ni a una pasión, ni a un interés, ni a una idea preconcebida, ni a nada, salvo a los propios hechos, porque, para él, someterse sería dejar de ser». ¡Así se enunciaban los principios del libre examen, base de todo enfoque científico!