La elaboración y posterior adopción, en otros medios, de logros científicos y técnicos se llevaron a cabo a largo plazo en condiciones distintas en Asia oriental y, en sentido amplio, en torno a la cuenca mediterránea. Por ejemplo, en lo que, visto desde China, constituye indistintamente «Occidente», la continuidad de la actividad científica exigió recurrentemente realizar transcripciones y traducciones —del acadio y el demótico al griego, del griego al siriaco, del griego al árabe, del sánscrito al árabe, del árabe al latín, del hebreo al latín, del griego al latín…—. En cambio, la situación fue muy distinta en Asia oriental: pese a las diferencias lingüísticas que afectan de norte a sur y de este a oeste a la comunicación oral entre chinos, estos comparten una misma escritura y pueden, por tanto, leerse mutuamente; del mismo modo, Corea y Japón adoptaron los caracteres chinos para escribir sus lenguas, pese a que estas son muy distintas de la lengua china. Las consecuencias fueron decisivas para la práctica de las ciencias: aparte de la dificultad de sus desarrollos técnicos, los textos científicos redactados en chino pudieron retomarse sin mediación durante siglos en el Imperio del Medio, o circular de China a Corea (
véase el artículo «Tradición e innovación algebraicas en Corea») o a Japón (
véase el artículo «El wasan o las matemáticas de la época Edo»), donde alimentaron numerosas actividades científicas. En este sentido, China desempeñó en cierta medida en Asia oriental un papel acorde con el nombre que se da a sí misma: el «Imperio del Medio»; por ello, la historia de las ciencias en China es un paso obligado para quien quiera trabajar sobre las ciencias de esta región del mundo.