Una de las modalidades biométricas más extendidas es la huella dactilar. El funcionamiento de los sensores se basa en la adquisición de imágenes bidimensionales (2D) de intensidad de la superficie del dedo. Los puntos discriminantes (o minucias) extraídos se utilizan para autenticar a las personas mediante la comparación con los registrados durante la fase de enrolamiento.
Sin embargo, persisten numerosos problemas. Se refieren, en particular, a la gran variabilidad de la calidad de las imágenes producidas por un sensor estándar, causada a su vez por unas condiciones de adquisición difíciles de controlar: un grado de humedad demasiado alto o demasiado bajo, suciedad en el sensor o en el dedo, deterioro del estado de la superficie del dedo (cicatrices, borrado deliberado…), una presión aplicada por el usuario inadecuada… Todo ello limita el rendimiento del lector y la fiabilidad de la autenticación. Por ello se han desarrollado nuevos sensores que permiten representar el dedo en volumen. La información, mucho más rica que la obtenida habitualmente de un dedo, permite analizarlo en profundidad y segmentar así la mayoría de los tejidos biológicos. El espectrograma es el registro de la señal interferométrica obtenida tras recombinar la luz retrodispersada por el tejido situado bajo la sonda con una señal de referencia.