La noción de imagen es indisociable de la percepción que tenemos de nuestro mundo
a través de los sentidos y, en este caso particular, de nuestro aparato visual. El cerebro desempeña la delicada función de interpretar la información recogida por el ojo y transmitida por el nervio óptico. Platón ya lo había observado (en
la República, VI): es el sol,
«imagen del Bien», es decir, la luz, lo que permite a nuestros ojos distinguir los colores de las cosas. Sin luz no hay sensación de color y, por tanto, tampoco imagen. El concepto de color es, pues, indisociable del fenómeno luminoso (véase nuestro dossier «Matemáticas y luz»,
Tangente 164, 2015), y esta relación abre las puertas a una descripción científica
a través de la física y los resultados de la óptica.