Nuestro mundo tiene tres dimensiones espaciales; pasa a tener cuatro si se añade el tiempo, lo que constituye el marco de las teorías de la relatividad. Pero el mundo de las imágenes de nuestras pantallas es plano. Le falta profundidad. Para recrear artificialmente una tercera dimensión, hay que comprender cómo la reconstruye nuestro cerebro. Generalmente se admite que nuestro aparato visual está formado por el ojo, el nervio óptico y el cerebro. Este interpreta la información que recoge nuestro ojo en forma de ondas electromagnéticas (información luminosa), transformadas por la retina en potenciales de acción (sucesos breves durante los cuales aumenta el potencial eléctrico de las neuronas —u otras células— para descender rápidamente después), que llegan, a través del nervio óptico, al córtex visual, responsable del procesamiento de las imágenes. Curiosamente, los intercambios entre el ojo y el córtex visual son relativamente limitados: la mayoría de las imágenes que identificamos son el resultado de las conjeturas de nuestro cerebro.
A esta descripción hay que añadir un hecho esencial: tenemos dos ojos, cada uno de los cuales envía a nuestro cerebro una información ligeramente distinta. Este hecho puede observarse empíricamente: basta fijar la vista en un objeto cerrando primero uno de los ojos y luego el otro para comprobar que existen sutiles diferencias entre las dos imágenes: es la paralaje, es decir, el efecto que tiene un cambio de posición sobre todo lo que percibimos. Así pues, a partir de dos imágenes diferentes nuestro cerebro nos proporciona una representación espacial tridimensional. Este fenómeno (llamado estereoscopia) se aprovecha desde hace más de un siglo y todavía se encuentra hoy en algunos juguetes infantiles, como View-Master (Sawyer’s, Inc., 1939).

Un estereoscopio de Holmes.

Una representación volumétrica ----------------------------