Bastante variables, como era de esperar, algunas unidades lo eran también porque se referían a actividades, como el jornal (superficie que un trabajador agrícola podía segar en un día), que no podía ser el mismo en la montaña que en la llanura.
En francés, la palabra pifometría apareció en 1928, según Alain Rey. Según el Système d’unités pifométriques, editado por la Unión de Normalización de la Mecánica, «cada cual viene al mundo con su propio pifómetro incorporado. Esta particularidad, llamada pifogénesis, se debe a la transmisibilidad de los caracteres adquiridos y explica por qué el sistema pifométrico, más allá de su universalidad, sigue siendo sensible a las influencias» intelectuales, sociales, corporativas y culturales.
La pifometría y sus diversas unidades aparecen con frecuencia en la Biblia y en los textos antiguos, cuando, al no disponer de un sistema de numeración fijo, la designación de los grandes números era asunto personal de los narradores. Las innumerables multitudes y nubes de hebreos son tan pifométricas como las lunas de los incas, las hecatombes griegas o las decimaciones romanas.
En el Evangelio de Juan encontramos la frase «...15 estadios, es decir, aproximadamente media hora de marcha» (11,8), lo que permite deducir que el estadio (vuelta a la pista) mide entre 166 y 200 metros.
Más célebre es la siguiente cita, procedente del Antiguo Testamento: «Hizo el mar de fundición. Tenía diez codos de un borde al otro, era completamente redondo, medía cinco codos de altura y su circunferencia se medía con una cuerda de treinta codos.» (Reyes, 7, 23). Este pasaje revela una aproximación π = 3, bastante aceptable.