En 1778 llega a París el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815), decidido a hacerse un nombre allí.
Estudiante de Medicina en la Universidad de Viena, presentó allí en 1766 una tesis muy controvertida dedicada a la influencia de los planetas sobre el cuerpo. Ocho años después, inspirado por un jesuita, profesor de Astronomía, que afirmaba curar a pacientes aplicándoles placas metálicas sobre el cuerpo, desarrolla su propia teoría, el magnetismo animal, y las prácticas que esta prescribe. Conviene señalar que la palabra «animal» indica aquí que se pretende actuar sobre el alma.
La teoría del magnetismo animal sostiene que todo cuanto existe en el universo, incluido el cuerpo humano, está lleno de cierto fluido magnético. Este fluido puede transmitirse a otras personas u objetos, mediante cuerpos intermedios, pero también, en el caso de unos pocos individuos excepcionales, entre ellos Mesmer, por imposición de manos. Por último, sostiene que la enfermedad consiste en un desarreglo de este fluido y que la curación pasa por restablecer su orden.