Matemático y filósofo comprometido, Condorcet promovió, en particular, la enseñanza para las niñas y quiso poner la instrucción al servicio de la libertad. En la primera de las Cinco memorias sobre la instrucción pública, escribe: «El hombre que conoce las reglas de la aritmética necesarias para la vida cotidiana no depende del sabio que posee en el más alto grado el genio de las ciencias matemáticas». Está convencido de que esta ciencia permite al ciudadano tanto resolver problemas concretos —ese es el objeto de su «matemática social»— como desarrollar su sentido lógico.
Condorcet distinguía claramente entre la educación, que a su juicio debía impartirse en el seno de la familia, y la instrucción, impartida en la escuela, y deseaba fundamentar la enseñanza en las ciencias y las matemáticas. En su Discurso sobre las ciencias matemáticas va aún más lejos al incluir las matemáticas en la educación: «¡Qué felicidad para [el niño] si, en los primeros tiempos en que debe someterse al deber, tan penoso a esa edad, de fijar su atención, ese deber pudiera aligerarse con los cuidados que la ternura materna sabe prodigar con tanta dulzura! Los primeros principios de los conocimientos perderían toda su sequedad y toda su austeridad si los recibiera de una voz tan querida. Las primeras nociones de matemáticas deben formar parte de la educación infantil. Las cifras, las líneas, hablan a su imaginación naciente más de lo que se cree, y constituyen un medio seguro de ejercitarla sin extraviarla.»

Élisabeth Vigée-Lebrun retrata a su hija

en forma de lección de geometría (1787).