Redactó entonces una obra, publicada póstumamente, Moyens d’apprendre à compter sûrement et avec facilité, en la que « le pareció necesario hacer coincidir la numeración hablada con la numeración en cifras ». Con ello quería decir que deseaba acabar con las irregularidades de la lengua, que suponen otros tantos obstáculos para los alumnos más jóvenes. Y precisaba: « He cambiado, pues, los nombres de los números que rompen la analogía. El cambio resultará incluso cómodo para los niños muy pequeños que todavía no saben contar; no puede tener ningún inconveniente para los demás. »
En concreto, propone continuar la retahíla numérica después de dix con dix-un, dix-deux, dix-trois, hasta llegar a nuestro dix-sept, y sustituir vingt por duante, en consonancia con trente, quarante, etc. Además, trente-et-un pasa a ser trente-un, y las denominaciones septante, octante y nonante se prefieren, por supuesto, a las exóticas soixante-dix, quatre-vingts y quatre-vingt-dix !
La propuesta de Condorcet no alcanzó el éxito esperado, sin duda porque no tuvo tiempo de defenderla y porque resulta difícil ir contra hábitos tan arraigados. Tengámosla, sin embargo, presente de cara a nuestros hijos y observemos que, incluso para las fracciones, también podríamos hablar de deuxièmes, troisièmes o quatrièmes, en lugar de demis, tiers y quarts !

Retrato de Condorcet, obra de Jean François Bosio.