Durante la Revolución, fue una de las escasas figuras masculinas que se comprometieron públicamente con la igualdad política entre los sexos, al publicar Sur l’admission des femmes au droit de cité (1790).
Esta apertura de la ciudadanía a las mujeres se fundamenta en la inclusión de los derechos políticos en el sistema de los derechos naturales. Puesto que la mujer es un «ser sensible, capaz de razonar y de tener ideas morales» al igual que el hombre, su exclusión supondría que se pudiera «demostrar que no es capaz de ejercerlos [los derechos políticos]». Condorcet trata precisamente de refutar esta afirmación. Para ello, rechaza en primer lugar el argumento que consiste en relegar a las mujeres a la esfera privada, sosteniendo que el espacio privado y el espacio público no son antinómicos, pues la honradez privada y el compromiso cívico se nutren mutuamente. A continuación, descarta los argumentos relativos a la condición física o intelectual de las mujeres.
A su juicio, un conocimiento adecuado de la naturaleza común al hombre y a la mujer, más allá de los artificios producidos por la sociedad, permite comprender que ninguna diferencia social o natural entre los sexos justifica la exclusión de las mujeres de los derechos políticos.